El Problema real son los “What if”. Por eso, “Fuc&@ los What if”!

De pequeños, a todos nos gustaban los cuentos. Nuestros padres nos los contaban en las noches, los leíamos en el colegio y las películas infantiles los reforzaban. Historias maravillosas de finales felices, donde el príncipe siempre llegaba a tiempo para rescatar a la princesa antes de que el dragón la devorara.

Nos enseñaron a apreciar los finales de cuentos rosas, las familias perfectas, las calles con niños en bicicleta y carritos de helado con música en el fondo mientras los niños cruzan saltando la calle de la mano de sus padres. Escenas todas maravillosas, que nos volvieron adictos a los finales felices. Excepto por José Miel y su eterna búsqueda infructuosa de su madre, solo recuerdo que nos enseñaron que la vida era maravillosa, las familias perfectas, las carreras exitosas y las tardes soleadas. Entiendo a los padres y mayores, que en su infinito deseo de protegernos, quisieron construir un mundo ficticios en el cual el éxito era una escenografía prefabricada, la felicidad un sabor a calle de suburbio americano en 4 de julio y el éxito un reflejo de un carro de lujo recorriendo Sunset Boulevard o la Quinta Avenida.

Al crecer, empezamos a darnos cuenta que el mundo no era ese que nos  contaron en los cuentos, que Cenicienta no existía, que difícilmente podrías tener la calidad de vida de Joey o Ross en Friends viviendo en sus 20´s en New York o que crear el próximo Facebook no iba a ser tan fácil como creías.   En ese instante, muchos de nosotros recordamos las historias maravillosas de  nuestra infancia y decidimos construir nuestras propias historias maravillosas y, a falta de creatividad para escribir nuestros propios cuentos, tomamos lo primero que tenemos a la mano, y lo llamamos aquellos “What if”, aquellas situaciones que tuvimos cerca, que nunca vivimos y sobre las cuales nos quedamos fantaseando sobre como hubieran terminado si las hubiéramos vivido.

En mi caso, las historias que me invento son del Banquero de Inversión de Wall Street que nunca fui, o de la Venta de la compañía de internet a la cual renuncie, o los caminos que no recorrí, el beso que nunca di o aquello que nunca dije. Y, siguiendo el ejemplo de lo que me enseñaron de pequeño, en mis fábulas siempre los finales son felices, por lo que imagino que aquellos “What if” siempre tendrían un mejor resultado que el hoy ya que, al final, siempre serán historias fantásticas, idealizadas al máximo, basadas solo en momentos puntuales y en escogencias que hicimos que nos llevaron justo a donde estamos hoy.

En nuestros cuentos de hadas creados para Adultos, o “What if” como me gusta llamarlos, pocas veces imaginamos la vida como realmente hubiera podido ser: nunca hubiera sido el banquero de inversión que despidieron de Lehman Bothers en la crisis de 2009, o el emprendedor que murió de una sobredosis, o el exitoso inversionista con tres matrimonios y ninguna mujer a quien amar.

Se nos olvida que de adultos, siempre seremos en el fondo los mismos niños asustados que buscamos en lo que nos enseñaron de pequeños las respuestas a todos:  Construiremos cuentos para escapar de la realidad, buscaremos refugio en nuestra imaginación en lugar de enfrentar la maravillosa realidad que tenemos en frente, y buscaremos ganar en todos los juegos que de mayores hemos de jugar como nos enseñaron de pequeños: buscaremos ganar en los negocios para demostrar que somos mejores, amasar fortunas, tener objetos, es decir, llevar a una nueva escala lo mismo que hacíamos cuando pequeños: jugar a ser alguien, y querer ser el mejor en dicho juego. Al final la vida es eso, un largo juego a construir, a vivir, a ser… que en síntesis es la esencia misma del aprender, del participar en este juego infinito que es el retorno a la esencia de lo que somos, el retorno a casa, al Todo.

Por eso, para mi hija que esta por nacer (Amelia), le estoy preparando miles de historias nuevas, miles de cuentos en donde el príncipe se pierde en el camino antes de encontrar a la princesa, quien se cansa de esperar y se consigue un nuevo caballero; le hablare de aquel príncipe que lo pierde todo por un amor desbocado que le arrebato su matrimonio y su reino. Le contaré de sueños que se hicieron realidad, y de otros que no lo fueron, de amores que se dieron, y de otros que no. Le contaré de fortunas que se hicieron, y de otras que se perdieron y que todas estas historias, sin importar el resultado, son todas maravillosas. Le enseñaré que no se requiere un final feliz para que sea maravillosa o excitante, ni que se requiere el reconocimiento de otros para validar una experiencia. Le enseñare que la experiencia es el sentido mismo, el resultado y el objetivo del juego. Que el ganar no es ni mucho menos el punto de llegada, ya que este puede ser solo el punto de partida, o en algunos casos, el punto de llegada equivocado. Le contaré que el objetivo de vivir es eso, vivir, no ganar ni construir cuentos de rosas, sino vivir con sed incesante del vivir mismo, ajeno al resultado, sin importar el final del cuento, porque todo…. todo, será parte del retorno, el infinito camino a casa que nos llevará de aventura en aventura, de finales felices a tristes y a felices de nuevo, solo con el objetivo de aprender y llegar a casa con toda la sabiduría requerida para entender la razón misma del camino.

Y por último, cuando tenga la edad, le diré que nuca piense en el “What if”, es más, le enseñara a decir “Fuc$%& el What if” cada vez que piense en eso, y que en lugar de inventarse una novela rosa sobre cada decisión no tomada en su vida, disfrute cada aventura que le presente la vida, sabiendo que cada una será maravillosa.